EDITORIAL: No es una excusa, pero vale la pena contarlo.

Por
Miguel Angel Vásquez Rodríguez
Director de Pandectas


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Era el Perú y corría el mes de abril del año 2000. Fujimori casi gana en primera vuelta y cuentan los cronistas de la época que la manifestación de Alejandro Toledo y sus huestes en el centro de Lima fueron el fenómeno que evitó el cincuenta por ciento mas uno de votos en las trucadas elecciones de esa fecha. En los cuarteles generales de Pandectas (no los del SIN) se acababa de "subir" a la red el último número de la revista que, aún no lo sabíamos, iba a ser el último del año.

Los colaboradores habían venido menguando con los meses y de los diez muchachos animosos que apoyaban el proyecto solo quedaban dos. En tanto yo era convocado por una entidad privada para unirme a sus filas en una tarea que poco tenía que ver con lo académico. Poco tiempo después debí viajar a Lima para la entrevista personal y días más tarde retornar para la semana de capacitación antes de asumir mis funciones en Arequipa.

Era julio y me encontraba en un pintoresco hotel del jirón Camaná en la ciudad de Lima, coincidentemente había llegado junto con miles de peruanos a la convocatoria de Toledo para la marcha de los cuatro suyos. Claro que había algunas diferencias entre estos dignísimos compatriotas y yo. Ellos habían llegado en bus o a pie y yo vine en avión (pagado por la empresa que me había contratado). Yo llegué para incorporarme a un trabajo y ellos venian reclamando para salir de la incertidumbre de saber si podrian tener por lo meno el derecho a aspirar a uno. Yo esperaba irme lo más pronto posible y ellos esperaban quedarse hasta las últimas consecuencias, ninguno sabia cuándo. En fin, creo que solo nos parecíamos en una cosa: ni ellos ni yo sabíamos exáctamente que hacíamos allí.

El día veintisiete de julio retorné a Arequipa en el vuelo de las seis de la mañana. Ocho horas más tarde, a tres cuadras del hotel donde me había hospedado, la sede del Banco de la Nación se desplomaba entre humo y cenizas. El saldo eran seis humildes vigilantes muertos por la cobarde mano de la oscura dictadura que gobernaba el país.

El impacto de estos hechos, sumados a la desaparición de los colaboradores de la revista y la tarea de enfrentarme a mis nuevas funciones administrativas me obligaron a abandonar el proyecto de la revista por un tiempo. Durante muchas semanas me entretuve en la tarea de buscar una persona que pudiera hacerse cargo de la tarea de dirección y edición de la revista. Lamentablemente todos me respondían con el mismo argumento: no tenían tiempo. Lo peor de todo es que no puedo criticarlos por haberme respondido así. La verdad es que yo también creía que no lo tenía. En conclusión: todos éramos igual de desorganizados.

De alguna forma se creó un clima difícil para todos nosotros, como mencioné antes muchos de nuestros colaboradores (casi todos) se alejaron del entorno de la revista para ocuparse de otras tareas probablemente más remunerativas pero estoy seguro que menos gratificantes.

Todo esto sumado al hecho de que, créanlo o no, se nos agotó el material. Y he aquí una confesión: Muchas veces he acudido a eventos, seminarios, congresos, etc. y he escuchado el lamento de cientos de colegas que se quejan de la inexistencia de foros y espacios dónde publicar sus trabajos. Recordando ello acudí a pedirles sus colaboraciones para continuar con la edición de la revista, estas nunca llegaron. Aunque he tratado de explicarme el fenómeno no he podido llegar a una conclusión lo suficientemente satisfactoria. Sin embargo el diablo me sopló algunas hipótesis al oído. Una de ellas dice que no se atreven a publicar sus trabajos por el temor, infundado por supuesto, a las críticas de los colegas de extramuros. El hecho de salir del patio de la casa y lanzar las ideas a todo el planeta parece intimidar a algunos. Otras hipótesis son más simples y humanas, una de ellas podría ser que, algunos abogados pseudo investigadores se jactan de trabajos parecidos a Dios en dos cosas:

a) que son perfectos y
b) que muchos creemos que existen pero nadie puede demostrarlo.

Entre tantos ires y venires, finalmente, en mayo del 2001, tomé la firme determinación de retornar la revista a la circulación, lo que quedó del equipo de Pandectas (mi esposa y yo) habíamos conseguido material suficiente para un nuevo número, éste estaba en proceso de elaboración y tuvimos un retraso involuntario producido por una pérdida de datos en el ordenador. Mientras retomábamos y recuperábamos datos perdidos, día a día se nos fué un mes más y llegamos al 23 de junio, fecha del fatídico terremoto en el Sur del Perú. El lector recordará que Pandectas tiene sede en Arequipa. Creo que no es necesario abundar en mayor explicación. El impulso telúrico del terremoto nos llevó hasta agosto, fecha en la que finalmente podemos poner en la red nuestro nuevo número.

Como lo indica el título de la editorial, hay una enseñanza valiosa que recoger en el tránsito de los últimos quince meses: El quehacer académico no necesita de más excusas para detenerse. Las dificultades de medios y recursos nos obligan a seguir un solo camino: Inventar excusas, si excusas, pero para seguir adelante.

Es por eso que hoy y con el presente número de la revista Pandectas reiteramos la promesa de mantener la continuidad mediante la publicación de un número mensual, claro que con el apoyo de los lectores y de quienes nos permitan sus escritos y artículos para poder publicarlos.

No debo dejar de agradecer a las personas que con sus correos e incondicional apoyo moral nos han dado la fuerza y coraje suficiente para seguir adelante con este proyecto. Un millón de gracias los siguientes amigos: